dimecres, 22 d’abril del 2015

Dijous mercat a Granollers poesia a l'escola



Avui recordarem a Eduardo Galeano amb dues poesies  i uns quants contes breus sobre els infants.











El viaje
Oriol Valls, un médico que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano, es el abrazo. Al principio de sus días los bebés, los recién nacidos, mueven los brazos como… como buscando a alguien. Y otros médicos, especialistas en los ya vividos, dicen que al fin de sus días los viejos mueren moviendo los brazos… como buscando a alguien. Y así, así es la cosa. Por muchas palabras que le pongamos y por muchas vueltas que le demos al asunto… entre dos aleteos, transcurre el viaje.

Ventana sobre lo prohibido.
El hijo de Pilar y Daniel Wainberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado:
Recibió una caracola… “Para que aprendas a amar el agua”;
Abrieron la jaula de un pájaro preso… “Para que aprendas a amar el aire”;
Le dieron una flor de malvón… “Para que aprendas a amar la tierra”…
Y también le dieron una botellita cerrada… “No la abras nunca, nunca, para que aprendas a amar el misterio”.

Duérmete mi niño.
Los más famosos cuentos infantiles, la literatura para niños escrita por los adultos, son obras terroristas que bien merecen figurar en el arsenal de los adultos contra las huestes de la gente menuda. Hansel y Gretel te advierten: “Serás abandonado por tus padres”. Caperucita Roja te informa que cada desconocido puede ser un lobo que te comerá. La Cenicienta te obliga a desconfiar de las madrastras y de las hermanastras… y así sucesivamente… los niños siguen siendo desde temprano entrenados para el terror: “Vendrá el ogro, y el ogro te devorará si no obedeces, si haces lo que no debes, si ejercitas tu Libertad”.

El arte para las niñas.
Mi buen amigo Onelio Jorge Cardoso, escritor cubano, hombre sabroso, escritor jugoso… Me contó lo que le ocurrió una vez, que una madre le pidió desesperada…”Auxilio”, porque la nena, la hija, chiquita, se negaba a comer. Tenía los puñitos cerrados, la boca cerradísima, la nariz fruncida.. y no comía y no había manera de que comiera. Y entonces la madre le dijo: “Onelio, tu que eres escritor, un escritor tan simpático… a ver si consigues que la niña coma… cuéntale un cuento Onelio, sé bueno… llevo horas aquí con ésta cuchara y la sopa se enfría… y nada…” Y Onelio con toda su sabiduría y su paciencia se acercó a la niña y le contó un cuento… al estilo de los cuentos que los adultos contamos a los niños… Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. Y la mamita le decía: Abre el piquito pajarita para comer la comidita porque sino te vas a quedar cortita y flaquita, en lugar de ser una pajarita bien crecidita… y entonces pajarita, por favor, abre el piquito para comer tu comidita…., pero la pajarita seguía con el piquito cerradito, cerradito y se negaba… Y ahí la niña interrumpió y dijo: “Qué pajarita de mierdica”.

La cultura del terror.
La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación pública, son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo.
En Chile, me comenta, Andrés Rodriguez: “Los derechos humanos, tendrían que empezar por casa”.

Ventana sobre el castigo.
Era Navidad. Y un señor suizo había regalado un reloj suizo a su hijo suizo. El niño desarmó el reloj sobre la cama… y estaba jugando con las agujas, el resorte, el cristal, la corona… y todos los demás engranajitos, cuando el papá lo descubrió y le propinó tremenda paliza.
Hasta entonces Nicole Ruan y su hermanito habían sido enemigos. Pero desde aquella navidad, la primera navidad que ella recuerda, los dos fueron por siempre amigos. Quizás ella supo entonces, que también ella sería castigada a lo largo de sus años… porque en lugar de preguntar la hora a los relojes… iba a preguntarles cómo son por dentro.

El pequeño Rey zaparrastroso.
Lejos de los demás, lejos de todos, el chiquilin se sentaba cada tarde a la sombra de la enramada y con la espalda apoyada contra el tronco, echado, con su perro siempre al lado acompañándolo… el perro con las orejitas bien paradas… se ponía a mover las manos. Contra el pecho la mano derecha bailaba como rascando el pecho, mientras la otra mano, la izquierda, se abría y se cerraba en pulsaciones rápidas… Así siempre, siempre lo mismo.
Un día le regalaron una guitarra. El la recibió. La miró… lustrosa, linda de tocar… probó las seis cuerdas a lo largo del diapasón y pensó: “Que suerte, ahora tengo dos”.

El maestro.
Los alumnos del Sexto Grado, en una Escuela de Montevideo, organizaron un concurso de Novelas. Participaron todos. Todos escribieron novelas en aquél concurso dónde yo fuí uno de los tres jurados; los otros dos eran: el Maestro, el Maestro Oscar, puños raídos, sueldo de faquir… y una alumna que era la delegada de los concursantes. A la ceremonia de premiación se prohibió la entrada de todos los adultos, con excepción del Maestro, yo, que era miembro del jurado y los niños que eran los participantes en el concurso. Todos fueron premiados. Hubo un premio para cada trabajo y con el premio una pequeña explicación de los méritos del trabajo presentado. Y cada premio fue celebrado con una ovación por todos los niños de la clase… y hubo lluvia de confetis y de serpentinas… y al final, me quedé conversando con los chiquilines, y el maestro me dijo, el Maestro Oscar me dijo: -Nos llevamos tan bien, que me dan ganas de dejarlos a todos, repetidores.
Y una nena, venida del interior, de un pueblito del interior me dijo que ella cuando llegó en los primeros tiempos era muy callada, no había manera de sacarle una palabra de la boca, y ahora…, me dijo, el problema es que no me puedo callar, hablo todo el el tiempo… y yo al Maestro Oscar lo quiero muuuucho, muuuchísimo, porque él me enseñó a perder el miedo de equivocarme.

La función del arte.
Diego no conocía la mar. Y su padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al Sur, donde ella, la mar, escondida tras los altos medanos, los estaba esperando. Y cuando el padre y el hijo alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, la mar… estalló ante sus ojos. Y fue tanta su inmensidad y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, tartamudeando, le pidió, al padre le pidió: -Ayudame a mirar.

Pájaros prohibidos.
Por increíble que parezca, la principal cárcel de la dictadura militar uruguaya, se llamaba Libertad. Y por increíble que parezca, estaba prohibido en esa cárcel llamada Libertad, que los presos dibujaran o recibieran dibujos de mariposas, estrellas, parejas y pájaros.
Uno de los presos, Didaskó Pérez, maestro de escuela, preso por tener, como dijo el oficial que lo detuvo…preso por tener “ideas ideológicas”, recibió un domingo la visita de su hija Milay de cinco años. La hija le trajo un dibujo de pájaros. Como los pájaros estaban prohibidos, la censura se lo rompió; los censores rompieron el dibujo a la entrada de la cárcel.
Al domingo siguiente Milay trajo un dibujo de árboles… como los árboles no estaban prohibidos… el dibujo, pasó. Y el padre le preguntó: -Esas frutas, esas frutas de colores que hay… ¿Qué son?, ¿Naranjas, limones, manzanas?, ¿Qué son?. Y la niña lo hizo callar: -Shhh, bobo, ¿No vés que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.

La abuela.
La abuela Raquel estaba ciega cuando murió. Pero algún tiempo después, en el sueño de Elena, la abuela veía. Y en el sueño, la abuela no tenía un montón de años, no era un puñado de cansados huesitos. Era nueva. La abuela era nueva en el sueño de la nieta. Tenía, la abuela, cuatro años. Y era una emigrante entre otros emigrantes, que estaba llegando, al cabo de una larga travesía por la mar, desde la remota Besarabia. Y en el sueño, la abuela pedía a la nieta que la alzara, porque quería ver el Puerto de Buenos Aires. Y así, la abuela, en brazos de la nieta, conoció el lugar donde iba a pasar todos los días de su vida.

El monstruo amigo mío.
Yo al principio no lo quería, porque creía que me iba a comer un pié. Los monstruos son agarradores de mujeres, que se llevan una mujer en cada hombro, y si son monstruos viejitos, se cansan y tiran a una de las mujeres en la cuneta del camino. Pero este monstruo, el amigo mío, no agarra mujeres ni nada. Todos le tienen miedo porque el pobre no sabe hablar, pero él es bueno. El problema es que es tan, pero tan grande que los gigantes le llegan al tobillo. Viene y me visita. En el cielo no vive, porque si viviera en el cielo como Dios, se caería. Es demasiado grande para vivir en el cielo. Hay otros monstruos, no tan grandes, que viven en Plutón, o en el infinito, o en el piranfinito, pero él vive en el África. Y de ahí viene y me visita. Ahora, cualquier día de estos va a aparecer ¿Eh?. Va a venir, caminando por el mar, va a venir, convertido en un guerrero que más inmenso no puede ser y echando fuego por la boca, y de un solo soplido va a reventar la cárcel donde lo tienen preso a mi papá y me lo va a traer en la uña del dedo chiquito y yo me lo voy a meter a mi cuarto, por la ventana me lo voy a meter y yo le voy a decir: “Hola” y el monstruo se va a volver al África despacito por la mar y entonces mi papá va a salir a comprarme caramelos y chocolatines y una nena. Y se va a conseguir un caballo de verdad y vamos a salir a galope por la tierra. Mi papá y yo. Yo agarrado de la cola del caballo al galope, lejos. Y después, cuando mi papá sea chiquito, yo le voy a contar la historia del monstruo amigo mío, para que mi papá se duerma cuando llegue la noche.

(contes extrets del web Lata del gofio)

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